
Un zumbido y movimiento de la mesa de estudio reclama mi atención hacia ese aparato tan hostil en tiempos difíciles, de nuevo era él, de nuevo otra llamada a la que no deseaba responder. Mientras tenía mi mente adentrada en la absurda Econometría el dichoso aparatito no paraba de zumbar, como tal ruido de avispa.
De momento mi mente cambió radicalmente del Modelo de Regresión Muestral para adentrarse a una partida de guiñote en juego desde hace dos años, en la que solo éramos dos jugadores. Los que conocen el juego estarán de acuerdo conmigo que con las cuarenta y el as nunca perderás y esas eran mis bazas. En mis manos estaba la posibilidad de ganar la partida y acabarla para siempre o dejarme ganar y empezar otro coto, lo que supondría unos meses más de quebraderos de cabeza y insomnio. Cogí mis cartas, las ojeé detenidamente, reconté la puntuación y me dispuse a descolgar el auricular. Lo tenía todo en mis manos, la propuesta era inigualable, nunca había tenido esa oportunidad que una tarde de agosto me brindaba. Podía hacer y deshacer a mi antojo, todas mis propuestas serian seriamente estudiadas para pasar a la actuación.
Todo el juego estaba en mis manos. Baza tras baza seguía sin saber si quería cantar las cuarenta o dejarlas pasar. Mi interlocutor se empezó a conmover cuando veía que sólo le quedaba una oportunidad de ahora o nunca. En ese momento, no sé si por rabia, por venganza, o por los sentimientos, o por la razón… canté las cuarenta, gané la partida y me deshice de él. No había más propuestas ni decisiones que tomar, todo aquello había quedado ahí, a 300 kilómetros, a la distancia de un móvil en la oreja de alguien y con lágrimas se despidió para siempre. Sé que es duro, que he decidido cambiar a un compañero para toda una vida por la soledad pero sigo pensando que no ha sido una mala elección, de ella se aprende.
De momento mi mente cambió radicalmente del Modelo de Regresión Muestral para adentrarse a una partida de guiñote en juego desde hace dos años, en la que solo éramos dos jugadores. Los que conocen el juego estarán de acuerdo conmigo que con las cuarenta y el as nunca perderás y esas eran mis bazas. En mis manos estaba la posibilidad de ganar la partida y acabarla para siempre o dejarme ganar y empezar otro coto, lo que supondría unos meses más de quebraderos de cabeza y insomnio. Cogí mis cartas, las ojeé detenidamente, reconté la puntuación y me dispuse a descolgar el auricular. Lo tenía todo en mis manos, la propuesta era inigualable, nunca había tenido esa oportunidad que una tarde de agosto me brindaba. Podía hacer y deshacer a mi antojo, todas mis propuestas serian seriamente estudiadas para pasar a la actuación.
Todo el juego estaba en mis manos. Baza tras baza seguía sin saber si quería cantar las cuarenta o dejarlas pasar. Mi interlocutor se empezó a conmover cuando veía que sólo le quedaba una oportunidad de ahora o nunca. En ese momento, no sé si por rabia, por venganza, o por los sentimientos, o por la razón… canté las cuarenta, gané la partida y me deshice de él. No había más propuestas ni decisiones que tomar, todo aquello había quedado ahí, a 300 kilómetros, a la distancia de un móvil en la oreja de alguien y con lágrimas se despidió para siempre. Sé que es duro, que he decidido cambiar a un compañero para toda una vida por la soledad pero sigo pensando que no ha sido una mala elección, de ella se aprende.
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