14/07/10

Cada una y ninguna noche

Con las estrellas y la luna siempre llegaba él. Cabizbajo, tímido, moderado, parco en palabras… Era un momento de relax, ella lo esperaba ansiosamente. Ambos se evadían con palabras, con caricias, con comprensión, con miradas que sólo ellos entendían. Poseían unas vidas ajenas que sólo se unían al caer el sol. Tras unos meses, la complicidad se había sentado junto a ellos, el desasosiego por verse, por mirarse, por evadirse de esas vidas en las que no eran felices hizo que día tras día naciera una sensación extraña en sus corazones.
De repente él desapareció, nunca más se sentó junto al quicio de su puerta. Ella lo esperaba noche tras noche. Cada día al oscurecer deseaba ver esa silueta cabizbaja aparecer por su calle, pero no volvió. Su complicidad, su comprensión, sus ojos tímidos, sus palabras huyeron. Solo encontraba una explicación: El miedo lo condenó.