Despertó. Por la opacidad sabía que era demasiado pronto. No se molestó ni siquiera en mirar el móvil inerte encima de la mesilla de noche. La melancolía le nublaba la mente. No conseguía poner en orden sus pensamientos. No sabía, quizás no quería saber, qué debía hacer para sentir de nuevo en su piel como los pelos se erizaban. Cualquier tiempo pasado fue mejor.
Había pasado a un estado en que en el mejor de los casos sólo era capaz de ofrecer una falsa sonrisa a una conversación vacía de contenido, que no de palabras, de aquellas que era habitual oír, que no escuchar. Su “modus operandi” en esencia nunca había sido así.
De nuevo concilió el sueño. Dormía tapada, con los pies por fuera de las mantas y rastrojos, sus manos acariciaban unidas su oreja izquierda. Su mente evadía todo ruido ajeno y se concentraba para no pensar en nada. Lo consiguió. Era terriblemente feliz evadiéndose, se sentía como pez en el agua cuando tras despertar recordó un sueño donde el motor de todo era la risa fluida y veraz.
Había pasado a un estado en que en el mejor de los casos sólo era capaz de ofrecer una falsa sonrisa a una conversación vacía de contenido, que no de palabras, de aquellas que era habitual oír, que no escuchar. Su “modus operandi” en esencia nunca había sido así.
De nuevo concilió el sueño. Dormía tapada, con los pies por fuera de las mantas y rastrojos, sus manos acariciaban unidas su oreja izquierda. Su mente evadía todo ruido ajeno y se concentraba para no pensar en nada. Lo consiguió. Era terriblemente feliz evadiéndose, se sentía como pez en el agua cuando tras despertar recordó un sueño donde el motor de todo era la risa fluida y veraz.
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