Un jueves cualquiera. Una coca cola entre amigos. Un poco que decir y un mucho que callar. Un mago en la mesa de al lado, unas cartas del tarot y la sensación de la curiosidad, acabó matando al gato. Nunca antes lo había visto, nunca antes había mirado a aquel hombre con escaso pelo, ojos parcos y gafas que aún tapaban más lo que quería decir. No era capaz de ver nada en sus ojos que no fuera esperanza. Me hizo una tirada general. El pasado tan constante acentuaba en las cartas tanto como mis ganas de sentir, el presente demostraba el caos inmerso en el que me encuentro y el futuro… ¿qué deciros del futuro? Se planteaba espectacular, exitoso, con fuerzas, dejaba de ser solitario, mundano…
La actuación empezó de una forma un tanto desequilibrada, unos juegos y todos los espectadores estábamos en el bolsillo. Nos hacía aparecer y desaparecer de nuestros pensamientos cotidianos a su antojo, jugó con nosotros, nos enseñó que todo aquello que pensamos es posible si nos creemos capaces. Como el mismo había hecho, nos hizo creer que existe la magia, que existe la ilusión, que existe la expectación, que la mentira y los engaños los dejamos sólo para los ignorantes, para los que nadan sobre la superficie, para los incrédulos.
Me encontré inmersa en la ilusión, en la emoción, en el querer creer. Fue una gran satisfacción, no dudé, no pensé, me sentía relajada. Los ojos tan poco atenuados de aquel ilusionista me enseñaron que él también es capaz de ver en los ojos de los demás lo que sienten, lo que piensan y qué quizás una mirada es cómplice de más silencios que de palabras.
La actuación empezó de una forma un tanto desequilibrada, unos juegos y todos los espectadores estábamos en el bolsillo. Nos hacía aparecer y desaparecer de nuestros pensamientos cotidianos a su antojo, jugó con nosotros, nos enseñó que todo aquello que pensamos es posible si nos creemos capaces. Como el mismo había hecho, nos hizo creer que existe la magia, que existe la ilusión, que existe la expectación, que la mentira y los engaños los dejamos sólo para los ignorantes, para los que nadan sobre la superficie, para los incrédulos.
Me encontré inmersa en la ilusión, en la emoción, en el querer creer. Fue una gran satisfacción, no dudé, no pensé, me sentía relajada. Los ojos tan poco atenuados de aquel ilusionista me enseñaron que él también es capaz de ver en los ojos de los demás lo que sienten, lo que piensan y qué quizás una mirada es cómplice de más silencios que de palabras.
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